EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES PRESENTES

Es mi primera Nochebuena como fantasma y aún no tengo claras mis habilidades con este nuevo estado. Estoy delante de la puerta de la casa de mi hija y no sé como entrar. Me da un poco de miedo atravesar la pared. En las películas lo hacen con mucha facilidad, pero éste es el mundo real. Espero y finalmente me cuelo cuando llegan mi hijo y su mujer. Lo hago a toda velocidad, no sea que la puerta se cierre.
Ya estamos todos. Bueno, yo me he convertido en el fantasma de las Navidades presentes, pero quiero igualmente pasarlas con mi familia y deseo que noten que estoy con ellos. Con mi estilo de siempre, un poco chinche, un poco gruñón y con mis notas de humor. A ver como me apaño.
Mi nuera   sigue con su costumbre de fumar sin parar. Acaba de sacar un cigarro y suelta su frase favorita:
-¡Yo fumo hasta delante del Papa!.
Mi hija lanza un  suspiro,  y abre un poco la ventana. Mi mujer se revuelve en el sillón. El único que le contestaba mordaz era yo. Este año no voy a ser menos. Me acerco a ella y me siento en el brazo del sofá. Me humedezco los dedos pulgar e índice y le apago el cigarro. Me doy cuenta de que no hace falta que me moje los dedos, no me quemo. Empiezo a ver las ventajas fantasmales. Ella mira sorprendida y lo vuelve a encender. Lo vuelvo a apagar. Me empiezo a reír a carcajadas al ver su desconcierto. Finalmente lo aplasta y saca otro. Tenaz, se lo vuelvo a apagar. Enfadada mira a los lados y murmura:
-... ¿Suegro?
Todavía llorando de risa vuelvo la vista a mi hijo. Otro que tiene fieles costumbres: está comiéndose los aperitivos a dos manos y carrillos. Este hijo mío ¿Es que no se acuerda de cómo acabó su padre con las arterias colapsadas? enfadado, me acerco a su oído y le susurro despacio:
-Gooor-dooo.
Mi hijo sobresaltado y casi gritando exclama:
-¡He oído la voz de papá llamándome gordo!
Su mujer, que por fin ha conseguido encender un pitillo, sarcástica le espeta:
-No me extraña. Tu padre siempre llamó a las cosas por su nombre.
Mi hijo molesto, coge un panecillo y con gestos grandilocuentes lo unta con una montaña de foie-gras, abre bien la boca en dirección a su mujer y se lo zampa. Mi nuera le contesta con una virtuosa bocanada redonda de humo en su dirección.
Vuelvo mi mirada a la hija adolescente de los dos, está sentada hecha un ovillo en una butaca, con la cabeza metida en su móvil.  Está mirando los likes a una horrible foto suya poniendo morritos. Cuando yo era de carne y hueso, más carne- bastante más- de acuerdo, la chinchaba poniendo un  "me enfada". Acerco un dedo y pulso varias veces el "emoji" enfadado. Mi nieta mira su móvil perpleja. Me rio con ganas.
Oigo llorar al  pequeño de mis nietos. Está sentado en el suelo, tiene un perrito en las manos que no funciona. Me tiro al suelo sorprendido de mi nueva elasticidad. El niño de año y pocos meses, me mira, sonríe y balbucea:
- Aaaabu... Aaaaabu.
Pego un respingo ¡el niño me ve!. Cojo el juguete y le miro las tripas; estaba mal cerrado el depósito de las pilas. Lo encajo y el perrito mueve la cola contento. Mi nieto me mira y aplaude. Le doy un beso tierno. Me prometo a mi mismo ser para siempre el fantasma de las Navidades futuras.
Me voy en dirección a mi mujer. ¡Qué guapa está! Capaz es de que le salga un novio. Siento una punzadilla de celos; si llega el caso, ya me ocuparé de asustarle. Veo que se descalza  discretamente y libera su pie derecho. El del juanete. Cuando hacía eso, yo le solía dar un golpecito con mi pie. Me agacho con esta nueva facilidad pasmosa y le aprieto el juanete.
Voy al comedor, mi hija está poniendo el pan en la mesa. De pronto mira la silla, mi silla, y se le nublan los ojos. Intento moverla, pero el mueble no se mueve ni un milímetro. Debe ser que los movimientos de objetos están reservados a fantasmas de las Navidades pasadas. Entro en la cocina y veo mi postre favorito: mousse de chocolate. Nunca llegaba a la mesa entero, siempre lo hacía cercenado por el cucharón que le metía yo antes de tiempo. Me acerco y con el dedo rebaño el borde del postre.
Al final de la cena, mi hija propone un brindis por mi. Dice que estoy presente.
- ¡Bah, paparruchas!- exclamo para disimular mi emoción.
- Ya lo creo, a mi me ha apagado el cigarro- dice mi nuera.
- A mi me ha llamado  gordo- asiente mi hijo.
-A mi me ha puesto un "me enfada"- rubrica mi nieta.
-Ha probado la mousse-confirma mi hija.
-A mi me ha apretado el juanete- dice  mi mujer con voz tierna.
Se ríen todos. Mi hija me dedica unas palabras entrañables, los ojos se me humedecen. No quiero mostrar mi emoción, yo siempre he sido duro de roer, así que bajo los plomos.
Oscuridad total.
Gritos, suspiros, movimientos de sillas.
_ Aaaaabu... Aaaaabu...

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