domingo, 12 de mayo de 2013

UN MEDIADOR INESPERADO

El título de mi novela viene como anillo al dedo  a una vivencia que he tenido hoy, y que me lleva a reflexionar en la necesidad de ser  un mediador para alguien. Convertirnos en un enlace para quién  lo necesite o ser esa persona que esperan para que les ayude o les de algo que precisen. Puede ser una ayuda económica, material o de tiempo para escuchar.
Mi hermano, me contó brevemente una historia que me impresionó. Un señor jubilado y enfermo que debe trabajar  para ayudar a los suyos. He querido conocerle y transmitiros su historia. Sé que os va a gustar y que sacaréis algo positivo de ella. Os la cuento:

Llego al lugar de trabajo de este señor. Es una casa residencial del barrio Salamanca. Tiene una entrada señorial y elegante con dos escaleras. En medio está el pequeño habitáculo del conserje. Me acerco despacio. Está sentado en una desvencijada silla, enfrascado en su móvil, mandando un mensaje.
Le contemplo unos segundos. Lleva el pelo canoso peinado hacia atrás, un bigotillo también plateado. Tiene buen color de cara, las manos callosas, lleva un grueso anillo de plata en el dedo anular izquierdo. Va vestido con una camisa azul, limpia y su aspecto es aseado.
Toco el cristal con cuidado. Levanta la mirada y me abre la puerta. Se pone de pie, tiene buena planta. Le explico quién soy y le pido que me cuente su historia. Me mira un poco desconcertado pero accede.
Me doy cuenta que no sé cómo se llama y esa es mi primera pregunta.
-Manolo. Pero si prefiere llamarme Manuel...
-Si todos le llaman Manolo, yo también- Le digo. Yo soy Sonia.
Al principio es parco en palabras, me recuerda  a un viejo coche que le cuesta arrancar, pero que una vez puesto en marcha  es capaz de hacer muchos kilómetros.
Empiezo por preguntarle por su trabajo.
-Viene los fines de semana,¿ verdad?
- Si. Llego a las nueve menos cuarto para abrir a las nueve y estoy todo el día, sábados y domingos.
-Pero usted ¿está jubilado?
-Sí, hace mucho, pero...
Me mira dudoso, no sabe si contármelo. Yo sonrío y le ayudo:
-Lo necesitará...
-Eso es, tengo un nieto de 16 años que está estudiando, quiere ser médico... y tengo que ayudar, por eso estoy aquí. Y hace un gesto de conformidad con los hombros.
- Y antes ¿En qué trabajó usted?
-Empecé de mecánico, y luego estuve veinticinco años en esta finca de portero.
Adivino que este hombre ha trabajado toda su vida y le pregunto que a que edad empezó.
-A los cinco años...
Pensé que había entendido mal y le pedí que lo repitiese y no, había oído bien. A los cinco años empezó a ir al campo, a lo que llamaban "buscar" y escarbaba patatas y lo que encontrase, para llevarlo a casa para comer y ayudar a sus padres y tres hermanos.Fueron tiempos de hambre, me explica.
Impresionada le pregunto  si a esa edad era consciente de lo que hacía. La respuesta:
-Yo tiraba, sabía que tenía que tirar... me dice con seguridad.
-Entonces no pudo ir al colegio... comento yo.
-No, casi nada,
-Pero sabe usted leer y escribir... y mandar sms-apostillo.
- ¡Anda claro!  y a leer y escribir aprendí a los quince años en una escuela nocturna.
Me cuenta que su familia es originaria de Granada. El se vino a Madrid a los diecisiete años y desde entonces vive aquí.
Le pregunto por su salud y me cuenta que tiene un cáncer, que ya le han operado diez veces y que está esperando una próxima intervención. El día 27 tiene que ir al médico.También tiene mal una rodilla.
Le digo que le pondré una velita a la Virgen para que vaya todo bien y se recupere pronto. Me dice que en la última operación, en la misma semana ya estaba en la portería.
-Usted es superman y no me lo ha dicho...- le digo de broma, y nos reímos los dos.
Asombrada por su naturaleza, le pregunto que como lo hace para mantenerse tan bien, pese a los achaques. Me cuenta que siempre se ha movido, que le gustaba montar en bicicleta. Tenía seis en el trastero y se las han robado hace poco, se lamenta. Añade que todos los días en su barrio, da un paseo de dos horas. Por eso tiene tan buen color, pienso.
Le pregunto que como puede andar con esa rodilla fastidiada y me señala un bastón. Está apoyado sobre una mesa, es marrón y tiene una empuñadura bonita. Me ha recordado al de mi abuelo, que ahora guardo como un recuerdo entrañable en mi casa.  
Suena la radio, música moderna. Le pregunto que a él que le gusta.
-¡Flamenco!- me dice encantado.
Aprovecho el momento distendido para preguntarle por su mujer.
-¿Cómo la conoció?
-Vivía en un pueblo cercano al mío...
-¿Era guapa?- le interrumpo.
Se ríe.- Bueno... muy así no, pero no estaba mal. 
-¿Les ha ido bien?- es una pregunta impertinente, lo sé. Pero estaba deseando saberlo.
Manolo, hace un gesto complacido y me dice que sí, que ha sido un buen matrimonio.
Qué alegría me ha dado. Dios aprieta pero no ahoga. Han tenido cuatro hijas y varios nietos. Me cuenta que  su mujer está fastidiada también de la rodilla, pero que sigue activa.
Luego me mira con cara de pillo y me hace una confidencia.
-A mi me gustaban mucho las chicas, tuve varias novias...
-¡Ah!- río divertida-Sería usted guapetón.
-Pues mire -me dice orgulloso- yo tenía una buena mata de pelo negro y rizado... y hasta hace bien poco, que se se me ha caído -añade con un mohín de fastidio.
Me mira y se acerca. Intuyo que viene una confidencia. 
-Antes tuve una novia que no he olvidado...
-¡Ay los amores juveniles! nunca se olvidan ¿verdad? Cuénteme...
-Era una vecina mía, cuando me fui a la mili nos escribíamos y  me enamoré de ella. Pero otra vecina un día hablando con ella le dijo:" Uy Manolo está en la mili en Vitoria y muy contento con su novia".
 Le interrumpo: -¡Pero Manolo, que noviero era usted!. Se ríe y termina de contarme la historia:
-Ella me escribió diciéndome: "no podemos escribirnos más". Yo rompí sus cartas ¿sabe? pero no la he olvidado. Parece que la estoy viendo... me dice con una mirada que le lleva a un pasado muy lejano...
Vuelvo al presente y le pido que me enseñe una foto de su mujer. Se acerca a su chaqueta, saca una vieja cartera marrón y empieza a rebuscar. Veo el abono de la tercera edad, un papelito con anotaciones, una estampa de la Virgen... aprovecho para preguntar:
- ¿Es usted creyente?
Levanta la vista y me mira: -Sí, pero ahora no soy muy practicante porque como tengo que venir aquí...
Se disculpa. No encuentra la foto. Le digo que entonces tenemos que volvernos a ver, porque quiero verla. Quedamos en que el sábado próximo me la traerá... y otra suya de joven. Tengo que ver esa mata de pelo negro con rizos.
Nos despedimos. Le doy dos besos que me devuelve complacido. Bajo las escaleras de la casa y me doy la vuelta. Manolo ha salido del garito y me despide con una sonrisa y un gesto de adiós con la mano, gesto que yo repito.

Yo pretendía ser una "mediadora",darle un tiempo, conversación,algo de entretenimiento. Pero él ha sido mi mediador, me ha enseñado en una hora tantas cosas, que vuelvo a casa con muchas reflexiones positivas para meditar esta noche.La primera: no rendirse ante nada y luchar.

Ah, no os lo he dicho. Manolo tiene 87 años. 87 valientes años, llenos de coraje, fuerza y aún sueños por cumplir. ¡Gracias, Manolo!



3 comentarios:

Ignacio dijo...

• Un bello y emotivo relato incluso con moraleja incluida.
Creo que sería muy interesante que esta fuera el principio de una serie de narraciones con el título genérico: "El mediador inesperado". ¿No te parece?
Un abrazo

Sonia Montero Trénor dijo...

Muchas gracias, Ignacio. Agradezco tus lecturas y sugerencias. Es una idea muy buena.
Un abrazo,
S

Merche dijo...

Sonia, me has hecho pasar un ratito muy entretenido y bonito de lectura con la historia de Manolo. Me parece ejemplar, con 87 años trabajando, haciendo deporte y con ganas de vivir a pesar de la enfermedad. Apoyo la moción de Ignacio, continúa. Un beso, Merche