lunes, 23 de julio de 2012

La Princesa cuenta

Este relato lo escribí para el concurso "La princesa cuenta", organizado por el Hospital Universitario de la Princesa de Madrid para promover hábitos saludables y enmarcado dentro del proyecto de red de hospitales sin humo.  Fue editado en un libro con los relatos finalistas para la lectura de los pacientes de dicho hospital.



 EL HUMO INVERNAL

PARECÍA HUMO Y SIN EMBARGO... no lo era. Cuando el niño gritó: ¡mamá, mamá un señor echa humo! La joven mujer pensó que un hombre estaría fumando y puso mala cara, no le gustaba que lo hicieran cerca de los niños.
            ―¿Dónde está ese señor, Luisito?―preguntó a su hijo de cuatro años.
            ―Allí, mamá―y cogió su mano para llevarla hasta el hombre del humo.
            Al llegar al banco, encontraron sentado a un ser muy anciano que al verles  levantó la vista y a través de unos cansados ojos azules  les miró interrogante.
            ―Hijo, este señor no está fumando―musitó bajito la madre.
            ―¡Pero mamá, echaba humo!
            El señor les miró y sonrió, su rostro quedó convertido en un mapa de arrugas con dos diminutas estrellas chispeantes:
            ―¿Quieren que lo haga otra vez? Y antes de esperar su respuesta, exhaló el aliento varias veces, el frío del invierno hizo que pareciese en efecto humo.
            La madre sonrió aliviada y el niño empezó a aplaudir.
            ―¡Yo también quiero hacerlo! Y así viejo y niño hicieron el mismo gesto fundiéndose el aliento y formando una nube blanca.
            Después el niño tomo asiento junto al anciano y se dijeron sus nombres.
            ―El mío es Samuel.
            ―Y yo soy Luisito― luego se metió las manos en los bolsillos, sacó una bolsa de gominolas y se las ofreció a su nuevo amigo.
            ―No gracias, las chuches no son muy buenas para los pocos dientes que me quedan. Pero yo tomo otras chuches, si vienes mañana, te traeré.
            ―¿ Dónde vives?―preguntó el niño
            ―Muy cerca de aquí, en una casa muy grande con muchos amigos dónde nos cuidan  a todos.
            ―¡ Qué guay! Yo vivo con mis padres, pero también tengo un montón de amigos en el cole.
           ―Claro, es importante tener con quién jugar, hablar, pasear y también hacer lo posible por conservar esos lazos de cariño a través del tiempo.
            Después de observar toda la escena del comienzo de la amistad del niño, la madre le dijo que tenía que despedirse del anciano. Lo hizo a regañadientes, pero le prometió que volverían a verle al día siguiente. Los dos nuevos amigos se despidieron diciéndose adiós con la mano hasta que sus figuras se volvieron diminutas.

Cuando la nueva tarde llegó  al parque, Luisito vio a Samuel y echó a correr. Los dos se saludaron exhalando aire y haciendo una nube aún más grande que la del día anterior.
            ―¿Has traído las chuches?―preguntó ansioso el niño.
           ―Claro―contestó Samuel al tiempo que sacaba una bolsa llena de nueces, almendras y cacahuetes.
            ―Pero eso no son chuches, todas tienen color caca―dijo decepcionado Luisito.
            ―Claro que lo son, no tienen colorines pero son muy saludables y están igual de sabrosas que las otras. Pruébalas.
            Así lo hizo, tenían un sabor muy diferente, saladas, pero le gustaron, no sabía que estuvieran tan ricas.
            ―¿Tu tienes muchos años verdad?―preguntó Luisito.
            ―¿Por qué lo dices?
            ―Porque tu cara está todavía más arrugada que la de mis abuelos.
            La madre que lo había oído todo exclamó:
            ―¡Luisito no seas impertinente! ¡Eso no se dice!
            ―No se preocupe, seguro que es verdad que tengo más años que sus abuelos, ya son más de noventa.
            ―¡Hala! Todavía no he aprendido a contar tanto ¡debe ser muchísimo!
            Samuel rió de buena gana.
            ―¿Por qué te ríes tanto?―preguntó curioso el niño.
            ―¿Sabes qué dijo un señor muy sabio? Que la risa era capaz de curar o al menos atenuar nuestros males y además no hay ningún peligro si se supera la dosis. Así, que es una medicina que procuro tomar todos los días.
            ―¿Y por eso tienes tantos años?
            Samuel soltó otra carcajada.
            ―Reír me ha ayudado, también la vida sana, he leído mucho para aprender y entretenerme, he practicado deporte, ahora doy paseos, he comido siempre de manera equilibrada con muchas verduras y frutas...
            El niño levantó una mano enseñando cinco dedos y exclamó:
            ―¡Eso me lo sé: cinco verduras y frutas al día!
            ―Jovencito, llegarás lejos, efectivamente ese es uno de mis secretos y también naturalmente, que llegar a viejo ha sido el deseo del Creador.
            ―¡Pero tu le has ayudado!―gritó el niño.
            El viejo volvió a reír dando golpecitos de aprobación en la espalda de su amigo.

Los años pasaron, primero lentamente, luego más rápido y finalmente a toda velocidad, alcanzando así el final del siglo XXI.
Una pelota llegó rodando a los pies de un viejo que estaba sentado en un banco, bajo un árbol al abrigo de los rayos de un soleado día de primavera.
            ―Aquí tienes, chaval―dijo el señor devolviendo la pelota a un niño de unos cinco años.
            La memoria le llevó a un lugar muy lejano, a un recuerdo perdido en los comienzos del siglo, cuándo siendo él un niño similar al del balón, había conocido a un amigo anciano, lo mismo en que se había convertido él ahora  mismo. Ahora ya no era Luisito, era Don Luis. Recordó frías tardes de nubes y cálidas charlas y risas. Se dio cuenta de que había seguido los consejos que Samuel le había dado.
El mundo había cambiado mucho, la energía solar hacía tiempo que calentaba las casas y hacía funcionar los coches; en las calles había postes con mandos que al apretarlos aparecían hologramas con las noticias del día en todo el mundo y en diferentes idiomas; los móviles tenían todos video llamada y programadores para los robots que hacían las tareas de la casa. Su propio bastón era inteligente, tenía un GPS incorporado y en caso de que se perdiera por la ciudad, le indicaba por voz el camino a seguir. Los juguetes que veía en el parque eran muy sofisticados, los patines tenían un minúsculo motor que los hacía poder volar a una baja altura; pequeños robots hacían de porteros para jugar al fútbol. Pero todo esto no había impedido que desaparecieran las pelotas como la que se había posado ante él.
Y por supuesto los consejos de su amigo habían sobrevivido al tiempo, porque los referentes a la amistad, al buen humor y a los buenos hábitos son inmortales. Pero también había que propagarlos. Sacó de su bolsillo un silbato, se lo acercó a los labios dio una orden  y ésta se convirtió en el sonido de las notas de la canción de moda infantil. Los niños que estaban jugando, al oírla pararon y dirigieron su mirada al viejo que a lo lejos les gritaba:
            ―¿Queréis chuches?―las miró en la bolsa y sonrió. Por supuesto eran marrones. 

6 comentarios:

Ignacio dijo...

Un relato encantador. Hace poco escribí algo sobre esa pasión ─o esa relación amor/odio─ de los humanos con el tiempo. ¿Acaso no estamos rodeados, enviciados, con los adverbios temporales? Ahora, luego, después, antes, hoy, mañana, entretanto, ayer...

Sonia Montero Trénor dijo...

Gracias Ignacio!
Tienes razón, todos los seres humanos estamos empapados de alguna manera por la relación tiempo; pasado, presente y futuro, y cómo se interrelacionan. Los adverbios temporales dan movimiento temporal, expresamos lo que ocurrió ayer, lo que pueda pasar mañana, cuándo se hizo algo demasiado tarde mientras otra cosa se hacía a tiempo, etc. A la vez está la fascinación por el futuro desconocido, que se da desde que el hombre es un homo sapiens. Puedo hablar de mañana, de lo que voy a hacer, también puedo presentar visiones utópicas de futuro literarias, de todo. Lo malo es cuando esa fascinación te lleva a los que echan cartas o miran en bolitas de cristal a cambio de dinero. Mejor viajar por el tiempo, pasado y el futuro (todo interrelacionado con el presente al que se debería volver, porque si no empieza otro lío) haciéndolo a través de las letras, adverbios incluidos.

Ignacio dijo...

Como físico yo también me siento fascinado por el tiempo. Jorge Luis Borges también era poeta del tiempo y escribió una vez: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho, el tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; él es el tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego».

Ignacio dijo...

Borges resume el concepto del tiempo en un solo momento: «el momento en que el hombre sabe para siempre quién es».

Ignacio dijo...

Éste es uno de los muchos poemas en donde Jorge Luis Borges muestra su fascinación por el tiempo: ARTE POÉTICA.

Sonia Montero Trénor dijo...

Gracias, Igancio por los poemas! Borges siempre provoca emoción y a mi,una nostalgia con una estela de tristeza, pero siempre es un placer releerlo.