sábado, 7 de julio de 2012

El bañador. Relato

Este relato tiene como inspiración las magníficas playas de Benicassim y algunos éxitos musicales de finales de los 70. También está publicado por La Escuela de escritores en su volumen: "El sueño del gato"




Benicassim. Imagen de la web:  http://www.jaimeperezolague.com 



EL BAÑADOR

  
Tumbada en la arena, mi cabeza tarareaba la canción de los Pecos: “ háblame de ti”, cuando noté sobre el cuerpo repentinos picotazos de  partículas de arena.
            —¡Ay!—dije incorporándome. Levanté una mano hacia  la frente a modo de visera para ver quién había sido. Lo primero que vi fue un bañador con fondo rojo y estampado con timones azules. Alcé la vista. Un chico, poco mayor que yo, de piel dorada y con el rostro repleto de pecas, me sonreía.
—¡Perdón!— exclamó. Y se  quedó mirándome unos segundos antes de desaparecer del mismo modo que había llegado, a todo correr y dejando tras de sí una estela de arena.
            Mi madre, que había contemplado la escena sentada en una silla playera cerca de mi toalla, se giró y con mirada pícara  dijo:
            —Le has conquistado.
            No entendí muy bien qué había querido decir, pero supe en ese instante que estaba enamorada. Me sentí como en una montaña rusa y volví a tumbarme; los Pecos continuaron tarareando, “háblame de ti”, ahora con más fuerza.


            Aquella tarde vino a buscarme la vecina del piso de abajo del bloque de apartamentos dónde pasábamos el mes de agosto. Su madre y la mía tenían amistad. Nosotras  habíamos llegado dos días antes, y yo todavía no tenía amigos. Mi progenitora había sugerido que podíamos conocernos.
Abrí la puerta. Susana con cara de fastidio me saludó:
            — ¿Eres Clara?
            —Sí— contesté mirándola. Parecía mucho mayor que yo, aunque sólo tenía catorce años, uno más  que yo. Su desenvoltura me dejó fascinada.
— ¿Qué miras?  Vámonos,  llegamos tarde.
Al llegar al portal se contempló en el espejo que allí había.  Sacó una barra de labios rosa y se pintó.  Me lo ofreció, y yo con mirada tímida negué con la cabeza.
            — ¿ Es que nunca te has pintado?
            —Ehh... una vez, en las fiestas del pueblo... usé un poco de colorete.
Me miró moviendo la cabeza de un lado a otro, después se subió un poco la falda y dijo:
            —Pues entonces ya estamos listas.
Fuimos  a un antro ruidoso, oscuro y con la música demasiado alta. Un grupo de ocho o diez chicos y chicas sentados en una gran mesa redonda la saludaron.
            —Esta es Clara, me la ha endosado mi madre.
Miré para abajo avergonzada  y me senté en el único sitio libre.
Al rato vino un camarero para tomar nota de  las bebidas, yo pedí un trinaranjus.
Uno de los chicos mayores dijo:
—Voy a poner un duro en la mesa y la voy a hacer girar, delante de quién se pare la moneda, ese tendrá que pagar a los demás.
Se oyeron protestas, pero el chico guiñó un ojo y con fuerza hizo rodar la mesa.
Mi corazón latía apresuradamente, en el bolsillo sólo llevaba las quince pesetas que  había pedido a mi madre. Si me tocaba ¿qué diría? No tenía suficiente dinero para invitarles a todos.
Miré como la mesa rodaba y rodaba en lo que me parecieron infinitos minutos aunque sólo fueron unos pocos segundos. Lentamente el redondel iba acabando su recorrido hasta que finalmente señaló un elegido.
Delante de mí tenía un duro brillante. Noté como el calor ascendía por mi cara, mientras todos reían con grandes carcajadas. Levanté la mirada de la moneda y ésta tropezó con la del poseedor del bañador de mis sueños. Sonreía amistosamente  y  con la mano hizo un gesto que indicaba que era todo una broma. Una voz dijo:        
— ¡Tía, no te lo habrás creído!
            Respiré aliviada y me eché a reír.
            —Vámonos al guateque—dijo Susana.
             Nos marchamos todos a los bajos del edificio de apartamentos de uno de ellos. El mobiliario de la improvisada discoteca consistía en un sofá viejo de cuero rojo, una mesa con refrescos y un tocadiscos. La música empezó a sonar, era una canción de Camilo Sesto: “La culpa fue mía”.
            Sentada en una esquina del sofá miré cómo se formaban varias parejas que, entre risas, empezaron a bailar agarrados.
            Al cabo de un rato, el pecoso del bañador de timones se  acercó y sin mediar palabra cogió mi mano,  me levantó del sofá, y fuimos al centro de la sala. Yo puse mis brazos en paralelo tocando con las  manos sus hombros, mientras que él cogió las suyas y las puso sobre mi cintura, aunque casi sin rozarla, provocándome  un respingo tembloroso. Dimos vueltas y vueltas mientras nos mirábamos con sonrisas lánguidas y yo pensaba que era la tarde más gloriosa de mi vida.
            Casi treinta años después, un portazo me devolvió a la realidad. Había pasado el día recordando un verano de golpes de arena, olas espumosas, algodón dulce y besos furtivos.
            Miré a mi marido, que se deshacía el nudo de la corbata y me saludaba con un movimiento de cabeza.
— ¿Qué tenemos de cena?
—Santiago ¿Te acuerdas de tu bañador rojo de timones?
    ¿Qué dices? ¡Nunca me ha gustado ir de marinero!
    Ese es el problema.
    Y te he preguntado por la cena.
—Ya va, ya va.














5 comentarios:

Ignacio dijo...

Estupenda historia, una historia que se ha repetido muchas veces en escenarios y situaciones más o menos parecidas, quizás lo más distante sea la música de cada una de ellas.
Como siempre es un placer leer tus relatos, éste está pleno de color y vida.

Lely dijo...

Sonia, me ha encantado el relato y ha traído a mi memoria lo bien que lo pasábamos en los guateques y el vuelco que nos daba el corazón cuando veíamos al niño que nos gustaba que casi nunca coincidía con el que nos gustaba al final del verano.
Un placer leerte, como siempre.

Sonia Montero Trénor dijo...

Gracias Ignacio! es una delicia que los años juveniles de nuestra memoria caminen a nuestro lado.

Sonia Montero Trénor dijo...

Muchas gracias, Lely! qué diversión y ¡qué vuelcos aquellos!

Sonia Montero Trénor dijo...

Muchas gracias! !Tantas cosas son efímeras en la vida! pero no todo se olvida, a veces el recuerdo que deja un breve instante es eterno.