lunes, 18 de junio de 2012

50 cuadros

Este relato está dedicado a mi querido padre, Luis.
Está incluido en el libro " Hasta anegar las torres" editado por la Escuela de Escritores.


50 CUADROS

                                                                                                                                                                                                      
                                                                                                          A papá

    Mis cuadros serán para ti.
Muchas veces se lo dije a mi hija. Ahora los tiene en el trastero,  en el sótano de su casa. Al principio no sabía que hacer con ellos. Eran  medio centenar, casi todos de formato pequeño y la mayor parte abstractos.
Algunos sábados por la mañana iba a verlos, desenvolvía el papel protector y los miraba largo rato, otras veces les hacía fotografías con su cámara digital y  luego las  metía en su ordenador y hacía ampliaciones. Parecía buscar detalles especiales. Comprendí que los escudriñaba intentando averiguar lo que me había gustado de ellos. No tenía que hacer muchos esfuerzos, pues sus gustos pictóricos se parecían a los míos.
Poco a poco los ha ido ubicando. En su salón tiene algunos; otros muy escogidos los ha regalado a varios de mis amigos.
Una vez  me preguntó cual era mi favorito, le dije que  el de los barcos y  lo ha colgado en su cuarto. Lo mira todas las noches antes de dormir, se recrea en los detalles, los tejados de las casas, las formas geométricas, los barcos pasando debajo del puente, los colores. Me gusta el gesto, es una forma de comunicarse conmigo.
Hace unos días volvió a bajar, estaba pensativa, me di cuenta de que tenía algo importante que hacer. Sacó unos cuantos al pasillo y los contempló. Vi como se subía las gafas por la nariz para verlos mejor, cómo se retiraba el pelo detrás de las orejas y  daba mordiscos a un bolígrafo verde con una calabaza en el extremo. Sonreí: era mío.
 La oí murmurar en voz baja:
— ¿Cuál le gustaría a Teresa?
Teresa era mi mejor amiga, mi confidente, mi reposo, la pintora de larga figura, pelo negro alborotado, ojos sabios y risa perpetuamente joven. La misma que un día me propuso subir en globo. No parecía una idea muy sensata. ¿Para qué quería ver el mundo desde el aire un señor como yo con los pies en la tierra? Mi parte fantasiosa, que siempre había vivido en mí  de forma tímida, decidió salir y monté en globo y viajé y comencé una aventura que me apasionó: una colección de pintura, de la mano de quién sabía y me aconsejaba: la chica del globo.
Tenía que ayudarla a elegir el cuadro. La luz del trastero se apagó durante unos segundos,  mi hija pegó un respingo y cuando la bombilla se volvió a encender,  el primer dibujo que vió fue un goache de lleno de pequeñas manchas de colores cálidos que conformaban un tapiz de diminutas luces brillantes. Alargó la mano para ver el autor, su apellido era igual al pueblo donde vivía Teresa. Levantó una ceja sorprendida y lo subió a su casa.
Lo colgó unos días para verlo y decidió que era una buena elección.
Envolvió el cuadro con cuidado en papel de burbujas, le puso la dirección y luego lo llevó a correos, iba contenta, con la esperanza de que a mi amiga le gustara.
Dos días más tarde, Teresa llamó a mi hija, le dijo que le había emocionado el envío.
      —Quería que tuvieras un recuerdo de Papá, por eso te lo regalo con cariño ¿Te gusta el  dibujo?
      —Más que eso, hay algo que no sabes. Tu padre y yo compramos juntos los cuadros, hacían pareja, le pregunté cuál quería y me dijo: “ el de tonos cálidos”, así que yo me quedé el de colores fríos. Y cada uno lo colgó en su casa. Y ahora… vuelve a estar la pareja junta.
Veo que mi hija se ha quedado perpleja. Se hizo un breve silencio. Teresa lo interrumpió:
      —Las cosas van encajando en su sitio…
Estoy contento, las dos están felices y se han dado cuenta de mi participación en el asunto. Saben que estoy cerca. Entre donde estoy yo, y donde están ellas, el amor circula con fuerza, viaja de un lugar al otro y a veces es posible sentirlo de manera clara. Sólo hay que amar intensamente y estar atento. Entonces lo captareis. Seguro.


Este relato está inspirado en dos cuadros de mi padre, el primero: su favorito, del pintor y buen amigo Carlos Greus


Y el segundo: del pintor sevillano Jaime Burguillos (1930-2002)




2 comentarios:

charligreus dijo...

Recuerdo perfectamente aquella tarde en el estudio con Marian y tu padre.Tu padre eligió rápidamente su cuadro.Marian eligió uno pequeñito que compro unos meses mas tarde y que seguramente esta en su casa de Burguillos.Desde mi IPad no puedo poner acentos, lo siento porque es como comer sin sal. Un beso, escribes estupendisimamente.

Sonia Montero Trénor dijo...

Carlos, me gusta mucho como rememoras aquel día, los puedo imaginar a los dos. Y a través de tu obra recupero instantes, que sé que fueron felices y que llegan a mi cada vez que contemplo tu obra. GRACIAS.